Hace ahora tres meses que, atendiendo la sugerencia de algunos colegas y amigos, gestores del deporte también, publiqué un artículo en el que, aturdido por la enorme dimensión que ya había adquirido el impacto de la Civid-19 en nuestras vidas, me preguntaba cuándo y cómo saldría el sector de la práctica deportiva de un escenario tan adverso. A falta de otras respuestas más inteligentes, yo mismo me contestaba: lentamente y dejando muchos pelos en la gatera. Pero no podía imaginar entonces que lo haríamos tan lentamente, -aún estamos en el túnel-, y dejando tanto en el camino, -los centros deportivos siguen hoy cerrados prácticamente en su totalidad y sus pérdidas se acumulan y se calculan milmillonarias-.

Es verdad que la evolución de la pandemia sanitaria está remitiendo y los datos que nos ofrecen las autoridades sanitarias son esperanzadores. Pero una idea debemos tener clara: estamos saliendo de un túnel que nunca habíamos pasado y que nos lleva a un mundo sanitario, económico y social desconocido y, seguramente, radicalmente distinto del que dejamos atrás en la boca de entrada. Como dice Nuccio Ordine, pensador italiano: “Nada será como antes”. Y aunque personalmente he creído en la idea de que las grandes crisis no traen grandes cambios, sino que solamente aceleran los que ya apuntaban en la vanguardia, ahora me debato en un mar de dudas.

Porque posiblemente, parece un poco exagerado, haya que enfrentarse a la mayor recesión global de los últimos 150 años, como declara Saadia Zahidi, directora gerente del Fondo Económico Mundial, “esta crisis ha sacado a la luz todo un legado de redes de seguridad social erosionadas, modelos laborales precarios y de bajos salarios que subrayan la necesidad de equilibrar la distribución de riesgos y beneficios entre la sociedad, los gobiernos y el sector privado”. Me pregunto si estaremos, otra vez, ante una reformulación fallida del neoliberalismo económico.

Algunos indicios apuntan a que el Estado, a través de las distintas administraciones públicas, va a desempeñar un mayor protagonismo en la economía en general y también en la industria del deporte. Esto obliga a revisar los sistemas y los modelos de negocio imperantes que ya denunciábamos caducos y obsoletos. Y exige aportar una visión nueva y más responsable, más equitativa y más eficiente para adaptarse al entorno que nos encontraremos en el mundo nuevo (o nueva normalidad) y aprovechar las oportunidades que el futuro inmediato ofrezca.

Una visión nueva que no haga recaer el enorme coste de esta crisis en los mismos, como ha sucedido otras veces en la historia. Volviendo a N. Ordine, si dichos costes recaen “de nuevo en los pobres, en los que no tienen voz, en los más débiles, entonces todo continuará como antes o peor que antes. Seguir creyendo que el mercado libre puede regularlo todo perfectamente es una locura: las terribles desigualdades, los feroces nacionalismos, el egoísmo y el racismo, el debilitamiento de la sanidad y de la educación públicas, el desprecio de la solidaridad, son el resultado de este neoliberalismo rapaz. Un virus invisible ha sido suficiente para poner al mundo de rodillas y mostrar sus contradicciones…”.

Esta crisis tiene ya señalados dos grupos sociales como principales pagamos: las personas mayores y las personas jóvenes. Las primeras han pagado con su vida la crisis sanitaria con una crudeza insufrible. Esto es ya inevitable. Pero los jóvenes ya están pagando de nuevo la crisis económica aplazando sine díe sus proyectos de vida. Su única salvación es la enorme capacidad de adaptación que tienen: su resiliencia. Si esta sociedad no es capaz de ofrecerles una esperanza creíble de que su vida será mejor y próspera mañana mismo, no tendrán más remedio que empezar hoy a derivar el sistema. Puede que aún estemos a tiempo de impedirlo. Desde el sector del deporte puede contribuir, porque también en esto la práctica deportiva es parte ineludible de la solución.

Y habrá oportunidades y espacio para el optimismo, ya que como apunta el filósofo francés Gilles Lipovetsky, “no creo que esta crisis vaya a transformar radicalmente el comportamiento de la gente, ni el gusto por los viajes, ni por el consumismo, ni por la industria del ocio. Todo eso renacerá, incluso con más fuerza… Sí habrá más medidas de protección, que podrían llegar a instalarse como norma estable. Por cierto, eso resultaría perfectamente coherente con unas sociedades que, como las nuestras, están obsesionadas desde hace décadas por la seguridad, la vida sana y la salud”.

La clave de bóveda está, pues, en cómo alcanzar un nuevo y justo equilibrio en la nueva normalidad.

Estamos en un momento crucial. Nos encontramos en la salida del túnel de una crisis completamente diferente de cualquier otra. Estamos viendo la luz de salida para encontrarnos con la sociedad de la Covid-19. Y tenemos la oportunidad de definir las bases y los valores sobre las que construir un nuevo paradigma para el deporte, y responder a la pregunta sobre cómo queremos ser tras superar la pandemia. Tenemos que enfrentar nuevos retos que impulsen la evolución de la gestión pública y privada del deporte y en la que se deberá ampliar el espacio de lo común: la cooperación en beneficio del interés general, con base en el consenso político y social, que pueda mostrar el poderoso músculo de una colaboración público-privada vital también en una situación de emergencia.

En estas semanas que se inicia la fase 3, y última, de la desescalada, todos los y las gestoras de centros deportivos y gimnasios de todo tipo están inmersos en cómo superar la enorme incertidumbre y las numerosas dificultades que rodean la reapertura de sus centros. Si el objeto fuera la gestión de las instalaciones, -como algunos piensan-, todo sería muy fácil: se quitaría el candado de las puertas, y listo. Pero gestionar servicios implica tomar cientos de decisiones para adaptar las instalaciones, establecer nuevos objetivos, identificar y estimar la nueva demanda, diseñar la oferta, elaborar un plan de comunicación y marketing, recuperar clientes, readaptar y realinear los equipos, elaborar presupuestos, … y muchas otras acciones antes de pasar a la acción y la implementación, evaluar resultados y reajustar los procesos.

Para poder reabrir los centros deportivos públicos o privados, en las condiciones que las autoridades sanitarias han establecido, -muchas de ellas parece que para quedarse-, es imprescindible tener la capacidad de gestión suficiente para alinear los ingresos y los gastos, y disponer de los recursos adicionales necesarios para soportar la diferencia. Dicho de otra manera, hay que realizar un nuevo análisis coste/beneficio para establecer la relación entre los costes de prestación (directos e indirectos) y los beneficios producidos (a cuántas personas se satisface su necesidad deportiva y cuánto se ingresa) y calcular los recursos públicos y privados adicionales que es necesario aplicar.

¿Será posible reabrir los centros deportivos con todos los costes y, sin embargo, con unos ingresos indeterminados y, desde luego, muchos más bajos de inicio, que en la práctica hacen inservibles los planes de viabilidad y los modelos de negocio establecidos?

¿Será imprescindible reducir los costes en la misma proporción que la minoración de la demanda y subir precios para ganar el equilibrio referido? ¿Es esto posible en una sociedad más empobrecida?

Sabemos por experiencia, y esto parece que no cambiará, que la clientela, o si lo prefieren, la ciudadanía, elige preferentemente lo más cómodo: la opción que menos barreras le presente para su acceso al servicio. La gestión del deporte tendrá que ganar el combate al que de nuevo debe enfrentarse, un combate, otra vez, consigo mismo para aumentar su valor y ganar una posición de centralidad en la nueva sociedad y en la agenda de las políticas públicas. Como aliados de la salud, y de acuerdo con Rafael Cecilio, estamos en el mejor sector posible de entre todos los que conforma el ámbito de la cultura y del ocio y con los cuales competimos.

Puede que tengamos que desnudar la oferta de toda prestación complementaria, para dejarla sólo con lo esencial y con lo auténtico, con aquello que es permanente, que no es moda ni impostura, ni engañifa ni fetiche: dejarla simplemente en unos ejercicios de resistencia, de fuerza y de flexibilidad con una intensidad y frecuencia suficiente y de calidad científica que garantice la mejora de la condición física y, en consecuencia, la salud y/o el rendimiento de las personas a las que sirve. Igual que las medicinas, que no tienen que ser necesariamente acarameladas ni atractivas: tienen que contener los principios activos adecuados en la dosis correcta para eliminar las causas o aliviar los síntomas de la enfermedad. Hay que volver a la misión de la práctica deportiva de siempre: la mejora de la condición física y psíquica de las personas en una sociedad nueva.

El científico estadounidense Jared Diamond cuando analiza la supervivencia de diferentes culturas plantea que “quizá la clave del éxito o fracaso como sociedad resida en saber qué valores deben conservarse y cuáles hay que desechar y sustituir por otros cuando la situación cambia”. Y no parece que estemos acertando, opino, cuando una de las primeras respuestas a la pandemia fue cerrar las escuelas y, muy probablemente, será lo último que se abra y ni siquiera se ha propiciado un debate de calado para discutirlo. Esto no significa otra cosa que la educación no está en el núcleo de los valores de nuestra sociedad. Algo similar ha ocurrido con el deporte, con los gimnasios y con los centros deportivos. ¿Estará la educación y la práctica deportiva de la ciudanía entre los valores a conservar para que contribuyan al éxito de la sociedad postcovid-19? Influyamos para que sí, para que se conserven esos valores ya que ambos, educación y deporte, son decisivos para promocionar una vida saludable y conseguir una salud pública sostenible.

Boni Teruelo.

Gestor del deporte. Director del IMD del ayuntamiento de Santurtzi, Bizkaia.