Llevamos más de dos meses confinados y sufriendo la mayor amenaza para la salud vivida en los últimos 50 años. Se ha puesto a prueba la fortaleza de nuestro sistema sanitario, y la responsabilidad y entereza de toda una sociedad para afrontar de forma disciplinada esta tremenda ruptura de normalidad. La prioridad en estos tiempos es proteger nuestra salud ante el riesgo de contagio, y si este llega, confiar en lo posible en el sistema sanitario para tratar primero de salvar la vida, y en lo posible, minimizar las duras consecuencias de la enfermedad.

Realmente llevamos dos meses defendiéndonos con todas nuestras fuerzas de un enemigo silencioso e invisible que se ha mostrado implacable e insaciable con los más débiles, con nuestros mayores, con aquellos que ya sufrían distintos tipos de enfermedad y, lo peor, con nuestra principal línea de resistencia: nuestros sanitarios, héroes maltratados que mantienen una lucha permanente con escaso armamento y protección ante el temido virus.

Sin embargo, es fundamental pasar a la acción y transformar una actitud claramente defensiva y reactiva, sumisa y cautelosa ante la amenaza, en una estrategia de ataque contundente, sostenido y pertinaz para combatir a diario esta amenaza mortal. Ese ataque debe perpetrarse con el arma más contundente que existe: la actividad física y el deporte. Sí, la actividad física y el deporte por extensión se deben convertir en las armas más eficaces para proteger y fortalecer la salud de toda la población.

Muchos son los factores de salud, o mejor dicho, de mala salud, que favorecen la transmisión y efectos devastadores del virus en los contagiados: la obesidad, un sistema inmune de baja resistencia, problemas respiratorios asociados al tabaquismo o a la contaminación medioambiental, y la larga lista de enfermedades asociadas al sedentarismo y a la falta de ejercicio y movimiento, causantes de otra silenciosa pandemia que anualmente se cobra más de 50.000 vidas, y deja secuelas cronificadas a lo largo de vidas dependientes de una atención médico –sanitaria permanente.

Para reducir el riesgo de contagio, y resistir con mayor fortaleza las consecuencias de la enfermedad, debemos trabajar con determinación en una universalización efectiva de la práctica deportiva, del ejercicio físico adecuado y ajustado a cada persona y a su especial necesidad y capacidad. Nunca como en los momentos que vivimos se ha hecho más patente y necesaria una universalización de la práctica física entre toda la población; es fundamental prevenir y mejorar nuestro sistema inmune, y esto es consecuencia directa de una vida activa y saludable. La falta de movimiento y de ejercicio continuado genera una pérdida progresiva de los niveles de fuerza, se produce una regresión peligrosa a nivel osteomuscular que conduce a la pérdida de autonomía y a un envejecimiento dependiente. Está claro que una equilibrada combinación de ejercicio adecuado y conducido por profesionales, junto a una nutrición sana y suficiente y un descanso eficaz, permiten afrontar esta pandemia y sus consecuencias futuras con mayor garantía de defensa.

Son claros y contundentes los enormes beneficios que a nivel de prevención de salud aporta el ejercicio físico, pero a esto se debe asociar la enorme rentabilidad económica que en ahorro en gasto y consumo sanitario reporta de forma directa e indirecta.

Son de sobra conocidos los enormes beneficios que el ejercicio físico aporta a nuestro organismo. Y a esto podemos sumar el ahorro para las Arcas Públicas en gasto sanitario gracias a una mejora de la salud de los ciudadanos.  El futuro inmediato de nuestro sistema sanitario corre un riesgo objetivo de colapso, por falta de medios (camas, respiradores, recursos humanos, medicación, EPIs, etc.) y por falta de recursos financieros para afrontar los múltiples frentes con los que deberá luchar en los próximos meses o años: por un lado el COVID19 y sus terribles y devastadoras consecuencias en la saturación de unidades de actuación crítica. Por otro lado, el flujo previsible de enfermos con distintas patologías no atendidas ante el confinamiento, con el consiguiente agravamiento. Y a estos dos frentes, podría unirse con toda seguridad un tercero de heridos colaterales relacionados con el sedentarismo y los hábitos insalubres asociados al encierro: descontrol alimentario, alcohol y tabaco, inmovilidad general, y en particular la provocada por el teletrabajo, etc. Estos frentes podrían sin duda colapsar definitivamente la última línea de resistencia que nos queda, nuestro sistema sanitario.

Si ha quedado claro que la aplicación equilibrada de un cóctel contundente de ejercicio físico adecuado, buena nutrición y descanso de calidad, se puede convertir en la mejor barrera defensiva ante el virus y sus daños colaterales, ¿Por qué no actuamos sin perder un minuto? ¿Por qué no se toman decisiones operativas y determinantes para extender, promocionar y universalizar la necesidad, y si es posible, la obligatoriedad de la práctica física para combatir esta pandemia? Y en consecuencia, ¿por qué no se considera oficialmente a los profesionales del entrenamiento y de la actividad física como agentes activos de salud? Y por extensión, ¿por qué no se reconoce a los centros deportivos públicos y privados como entidades de prevención activa de la salud de las personas? Y lógicamente, ¿por qué no se aplica el mismo tratamiento fiscal que al ámbito sanitario al deporte y actividad física para la salud?

Estos interrogantes deberían ser contestados cuanto antes, no ya por el ahorro ingente en gasto sanitario que conllevaría, sino por la cantidad de vidas que podrían salvarse.

Ahora más que nunca el deporte es una cuestión de Estado, y no por el fútbol, ni por nuestro deporte profesional o de alto nivel, es una cuestión de Estado porque puede ser determinante en la defensa y recuperación global de nuestra sociedad. La salud de nuestra sociedad está seriamente comprometida, la amenaza es seria y duradera, y las armas reactivas se han mostrado insuficientes para ganar la batalla. Es hora de atacar de forma proactiva para levantar barreras personales que nos preparen ante este enemigo, y no existe un fármaco más contundente e infalible que la “polipíldora del deporte”.

Felipe Pascual Garrido