Desde África dicen que nos llega el proverbio “Si quieres llegar rápido, camina solo; si deseas llegar lejos hazlo acompañado”. Traducido al román paladino: si lo quiere para ayer, relativa y dudosamente barato y sin interferencias participativas o tutelares (puede que incluso así, con índices altos de calidad…personal e intransferible) parece obligado recurrir a la conocida metodología de Juan Palomo (ese que se comía con satisfacción lo que el mismo se guisaba). Si, por el contrario, las expectativas están situadas algo más allá, puede ser más que aconsejable aventurarse por el trayecto más largo, que no por ello más tedioso ni a la postre más caro y seguro mucho más enriquecido. Optar por el trabajo en equipo como garante, al menos, de disfrute no solo del resultado sino del proceso completo, se presenta como la vía, sino de alta velocidad, sí la más enriquecedora para el viajero (conocida es la recomendación del poeta Kavafis: “Cuando salgas de viaje para Ítaca, desea que el viaje sea largo, colmado de aventuras, colmado de conocimiento y experiencias…que tu pensamiento se mantenga alto… llegar allí es tu destino… rico por todas las ganancias de tu viaje)

https://www.youtube.com/watch?v=JCe0CEpSc6Y

Mucho se ha hablado ya, de las variopintas bondades del trabajo en equipo. Recurrentes las disertaciones sobre las beneficiosas transferencias de las dinámicas positivas del ámbito de los deportes colectivos hacia el devenir del mundo empresarial. Quizás algo menos de cómo se configuran actualmente sus plantillas, como se estructuran esos equipos deportivos, sobre todo cuando de alto rendimiento se trata. De cómo se ha pasado del “todo el mundo hace de todo”, a que cada jugador tenga un rol bien definido y cada vez más especializado. Primero se mira en la cantera, y después (cada vez de forma más desequilibrada, lamentablemente) se recurre al mercado para adquirir las capacidades que faltan, ya sea para toda la temporada, o para momentos muy concretos que requieren de una aportación extra y externa de calidad para tratar de cumplir el objetivo marcado.

 

En este mismo sentido, y quizás más cerca del nivel planificador y estratégico que nos ocupa a los gestores deportivos, podemos analizar el símil fijándonos en la configuración de los equipos técnicos de los grandes equipos de las ligas mayores (y, cada vez más, de las no tan creciditas). Es notorio que ya está más que superada la imagen del entrenador único y “sabelotodo” que se preocupaba, y a la vez se ocupaba, de todas las áreas de la preparación de su equipo. En fechas recientes se ha podido observar como Sergio Scariolo (seleccionador español de baloncesto…por si es necesaria la aclaración) negociaba su incorporación al staff técnico de los Toronto Raptors de la NBA si se le garantizaba un puesto de asistente en primera línea de banquillo (si hay una primera es que al menos hay una segunda llena de asistentes de su mismo alto nivel especializados en detalles simples de alto valor). El extremo se ha llevado a tales límites que en la NFL el Head Coach de Los Ángeles Rams, al menos, dispone de un ayudante que evita que tropiece con los árbitros y sea penalizado por ello.

https://www.youtube.com/watch?v=xz6iXcCOud4

En este siglo XXI se ha alcanzado una dimensión tan avanzada en ese tipo de organizaciones que todos esos recursos humanos propios no son suficientes y, para determinadas tareas de análisis de la competencia y de tendencias de juego (las de sus rivales de temporada y de cada partido) y análisis de la productividad (rendimientos individuales y colectivos propios y ajenos), contratan servicios de scouting y big data para situar en niveles de excelencia su capacidad de decisión a la hora de plantear y desarrollar sus estrategias competitivas de juego a corto, medio y largo plazo.

 

Llegados a este punto, todo apunta a que el gestor deportivo no fue creado para estar solo. Según una interpretación muy libre de las sagradas escrituras, al Señor que las protagoniza ya se le ocurrió que aquél (personalizado en Adán, como primer gestor de lo suyo) necesitaría de la ayuda idónea (y se la adjudicó a Eva, que sería entonces la primera experta consultora) …y la cuestión acabó, como parece que acabó. Y es que es en ese preciso adjetivo de competencia donde radica la idea realmente importante de este, mi viaje a ninguna parte. No, no es bueno que el gestor trabaje solo. No, no está mal que trate de ser lo más autosuficiente posible, pero no por ello debe pecar de autocomplaciente, ni por ello desdeñar la colaboración de un grupo de trabajo bien avenido, ni la aportación externa de capital intelectual, operativo o con forma de billete de color verde a ser posible. Es preferible estar dispuesto a tejer redes para la mejora de su desempeño, pero, eso sí, sin renunciar al imprescindible pensamiento crítico. No todo lo que viene de fuera es mejor “per se”. No es obligatorio abrazar todas las tendencias en gestión por muchos “ing” que les añadan como sufijo anglosajón que les pretenda avalar. No todo el que se acoge a la condición de consultor, experto o gurú se convierte en la solución de todas nuestras carencias o necesidades de tiempo y/o conocimiento. A veces, más vale solo que mal acompañado (en definitiva, nada nuevo. A esta conclusión dicen que ya llegó Fernando de Rojas en La Celestina).

 

Se trata de invertir en calidad a la vez que se trata de ahorrar costes de no calidad. Si no es así o, incluso, si es al revés, para ese viaje no hacen falta tantas alforjas (para este final refranero no he tenido que recurrir a la consultora Google…por ejemplo).

Fernando Mendiguchía Olalla