Siempre me ha llamado la atención el efecto rebote que producen las acciones formativas dirigidas al gremio de la gestión deportiva para profundizar sobre temas tales como la protección de participantes y espectadores, la seguridad en los eventos de cualquier magnitud y naturaleza, la prevención de riesgos laborales, planes de evacuación y emergencias en instalaciones, el amplio abanico de  responsabilidades técnicas, civiles y penales que amenazan desplomarse sobre las cabezas de los organizadores,  y el sin fin de seguros que hay que prever para no acabar de estar seguros de estar cubriendo todos los frentes que Murphy se ocupó de dejar siempre abiertos a la posibilidad de que la tostada se nos venga encima de los pantalones por el lado de la mantequilla y nos dejé bien “pringaos”.

https://www.youtube.com/watch?v=ox0MWh-SEKE

El caso es que estos esfuerzos que las administraciones competentes en la materia y entidades del sector dedican, cada vez con mayor insistencia, a informar, actualizar, transmitir conocimientos y seguridad a las personas que deben velar porque no quede ningún cabo suelto que pueda alterar seriamente sus planes, producen en primera instancia una inquietante sensación de pánico, una duda más que razonable sobre si la decisión de dedicar una vida a la admirable vocación de que la ciudadanía tenga una vida un poco mejor gracias a su acceso a la práctica deportiva ha sido tan genial como parecía en un primer feliz momento.

Algo así, se pudo percibir el pasado otoño de 2018 durante la celebración del congreso anual de qué, tan oportuna y brillantemente, organizó la Asociación de Gestores Deportivos de Andalucía (AGESPORT) bajo el título “Seguridad en la gestión del deporte”. Quizás, esa ansiedad pasajera no fue tan acusada como en otras jornadas dedicadas a gestores más noveles, pero incluso alguno de sus más ilustres y veteranos asociados, conforme se iban sucediendo las experiencias y advertencias magistrales y expertas, aflojaban un poco el nudo de su corbata o liberaban un mucho el cierre de su chándal   para aliviar en alguna medida el remordimiento por omisiones pasadas y/o  el peso de la carga de lo que intuían que se les venía encima (perfiles de variado talante sigue habiendo en este colectivo, todas ellos “amenazados” por las consecuencias de sus acciones y decisiones según les corresponda en cada momento y responsabilidad)

https://www.youtube.com/watch?v=Zx3vqaV3KQE

Aplicados esos primeros auxilios de auto protección (quizás los organizadores de estos bienintencionados encuentros deberían mirar con mayor detalle si las medidas de protección de los congresistas son suficientes y, quizás, tratar de reducir esa socorrida incertidumbre “¿hay algún “médico en la sala?”  con algún dispositivo de emergencia habilitado para la ocasión) y recuperado el estado de autoestima profesional que les (nos) caracteriza, el mecanismo de autodefensa competencial de su atípico organismo comienza a segregar esas sustancias meticulosas extremas que elevan nuestro espíritu profesional a nivel “no voy a dejar pasar ni una, cueste lo que cueste, lo diga quien lo diga”.

De vuelta al correspondiente puesto de trabajo (trajeados o algo más cásual- deportivos, según sea pertinente) concienciados y convencidos de nuestra capacidad de mejora… ya con las manos en la masa la cotidiana realidad nos da de bruces contra ese temerario primer postulado de la recién proclamada y útopica declaración de intenciones: “¡cueste lo que cueste!”. Empieza el cálculo: seguros antes de la práctica, seguros para asistencia después de la práctica; seguros para prevenir, seguros para paliar; seguros por si, seguros para… ¿Una ambulancia, dos o tres? ¿con conductor; con conductor y enfermero; o con conductor, enfermero y médico? ¿con soporte vital básico o con todos los extras avanzados no vayamos a pecar de tacaños? …y el desfibrilador ¿”pa” cuando? El archivo Excel que lo va registrando acaba de poner todos los números en rojo, signo inequívoco de que acabamos de superar en mucho el presupuesto disponible. ¡Vuelta a empezar! …quizás con un botiquín, alguien que haya hecho un cursillo de la Cruz Roja y un teléfono cerca para avisar al 112, al 061, al 091, al 092, a los GEO…y, como último recurso, teniendo a mano un rosario para rezar, puede que se haga un apaño.

Este mar de dudas nos traslada a tratar de resolver el segundo arranque de valentía, pero ya con algún matiz; del “lo diga quien lo diga” damos un más conservador y, a veces, vehemente salto hacia el “¡que alguien me lo diga!”. Sea por el elevado coste que supone ajustarse a todo lo reflexionado, recordado o aprendido; sea porque necesitamos compartir, delegar o posicionar correctamente los grados de responsabilidad, reclamamos a nuestro entorno interno instrucciones precisas para sentirnos seguros con esto de los seguros.

Y ese alguien jerárquicamente superior, si lo hay, haría más que bien, y a ser posible sin demora, en reivindicar “que lo diga quien lo tiene que decir”, y también, a ser posible, que lo proclame alto y claro, negro sobre blanco. No es de recibo que cuestiones como la protección del deportista, por ejemplo, queden permanentemente pendientes de los desarrollos reglamentarios de rigor. Ya pasó en la pasada ley del deporte de Andalucía, y ya va para tres años desde que la entrada en vigor de la actual aportó nuevas directrices al respecto, considerando que “en las competiciones no oficiales y actividades deportivas de deporte de ocio, la organización deberá garantizar los medios de protección sanitaria de participantes y, en su caso, espectadores que den cobertura a los riesgos inherentes y a las contingencias derivadas de la práctica de la competición o prueba deportiva” y que “la asistencia sanitaria derivada de la práctica deportiva general del ciudadano, al margen de cualquier organización, constituye una prestación ordinaria del sistema sanitario público que le corresponda”. “Todo ello en los términos y con el alcance que se determine reglamentariamente”

He realizado una prueba test con las actuaciones que son de mi competencia (competiciones no oficiales de deporte en edad escolar) y el referido archivo Excel ha ardido en llamas. Bromas aparte, hay cuestiones que no pueden esperar el sueño de los justos para resolverlas con la concreción que se merecen. No pueden quedar sujetas a las consultas y respuestas (cuando las hay) ocasionales, a bote pronto, o in situ (puede que sea muy tarde); ni correr el riesgo, en el peor de los casos, de que queden a la interpretación que el magistrado de turno quiera realizar acerca de la suficiencia o insuficiencia de las medidas adoptadas en ausencia del desarrollo reglamentario que las determine.

Se me ha ido la mano en la extensión de este post, pero me resisto a no dejar, en forma de postdata la siguiente reflexión: “Si el sistema sanitario público se hace cargo de asistir un esguince sufrido en una pachanga informal “de ocio y por libre”, puede que practicada, como antaño, en mitad de una calle cortada al tráfico (o no) sin más organizador detrás que el líder de la pandilla (¡qué tiempos aquellos!) ¿por qué ya no es de su competencia la misma torcedura cuando un profesional que representa a una entidad que promueve un partido para esos mismos deportistas, con la misma sana intención de disfrutar de ese rato de deporte, pone a su disposición un título que les habilita como deportistas inscritos, una instalación en condiciones y unos técnicos y árbitros que regulen y dinamicen su práctica recreativa y educativa de forma segura? El riesgo es menor, y el coste de la mano de obra sanitaria cualificada, el hielo y la venda (escayola, mejor no) es el mismo.

Yo no voy a dejar de estar “jodido pero contento” cada fin de semana con tanto “deportista de ocio organizado” dando saltos por nuestra provincia; pero estaría más seguro, si sé seguro que seguros son los que tengo que activar para garantizar la gestión y prácticas más seguras, ¡cueste lo que cueste si alguien me lo dice…con seguridad! (el enladrillador que lo enladrille buen enladrillador será)      https://www.youtube.com/watch?v=E58_5-FC3k4

 

Fernando Mendiguchia Olalla